Tuesday, September 26, 2006

Opinión: Pánico a la paz

Por Uri Avnery
Counterpunch.org, traducido para Rebelión.org por LB

Adivinen quién dijo estas palabras:
“Comenzar esta guerra fue un escándalo... Se podía haber solucionado el problema de los misiles en el sur del Líbano por medios diplomáticos. La ofensiva de los últimos dos días de la guerra, en la que murieron 33 soldados después de haberse aceptado la resolución de alto el fuego, fue un capricho del Primer Ministro. El Primer Ministro, el ministro de Defensa y el Jefe de Estado Mayor deben dimitir”.

Efectivamente, son palabras de Gush Shalom, el grupo pacifista israelí.
Pero esto no es nuevo. Lo novedoso es que ayer, el antiguo Jefe de Estado Mayor, Moshe Ya’alon, repitiera esas declaraciones casi palabra por palabra.
“Bogie” Ya’alon es exactamente lo opuesto a Gush Shalom. Nadie podría decir que pertenece a un “grupo marginal”. Procede del centro mismo del establishment. Es un hombre de derechas. Fue responsable de algunos de los actos más crueles de la ocupación.

Existe otra diferencia: Gush Shalom alzó su voz cuando los acontecimientos estaban ocurriendo, en plena guerra, cuando todavía era posible salvar la vida de esos 33 soldados. En aquel momento esas manifestaciones eran extremadamente impopulares, rozaban la traición. Puesto que ningún medio israelí estaba dispuesto a publicarlas, Gush Shalom tuvo que pagarlas como anuncios. Ahora llega Ya’alon y las repite cuando el viento ha cambiado de dirección y se han hecho populares.

Los motivos de Ya’alon no son importantes. (Como se recordará, hace un año Ariel Sharon lo destituyó de su cargo y lo reemplazó por Dan Halutz como medida para allanar el camino de la “Desconexión” [de Gaza]). Lo que importa es que en esta ocasión esas declaraciones han sido realizadas por una persona con credenciales militares supremas. Cuando una persona así declara que 33 soldados fueron sacrificados sin justificación militar ninguna, simplemente por los intereses personales de Ehud Olmert, que la propia guerra fue completamente innecesaria y que el problema de los cohetes de Hizbullah podría haberse resuelto por medios diplomáticos, esas declaraciones realmente tienen peso.

Eso es importante no sólo con respecto a lo que ocurrió hace unas pocas semanas, cuando los líderes israelíes hablaron de un terrible peligro que acechaba en nuestra frontera norte, sino que lo es mucho más hoy, cuando los mismos líderes nos están alertando sobre la existencia de una “amenaza” aún mayor en otra parte.

* * *
En los pasillos del poder de Jerusalén resuena hoy un grito: “¡Socorro! ¡La Paz va a caer sobre tí, Israel!”

Un terrible enemigo está conspirando para imponernos las paz. Avanza contra nosotros a lo largo de dos frentes, en un gigantesco movimiento de pinza.
Un brazo de esta ofensiva lo constituye el Gobierno Palestino de Unidad Nacional que está a punto de constituirse.

El otro lo constituye la decisión de la Liga Árabe de revivir el Plan Árabe de Paz.

Desde el punto de vista del Gobierno de Israel, esta ofensiva es mucho más peligrosa que todos los cohetes de Hassan Nasrallah juntos.
* * *
El Gobierno Palestino de Unidad Nacional está concebido para resolver en primer lugar los problemas domésticos palestinos.

Desde que los palestinos eligieron a Hamas, en las calles palestinas ha prevalecido un estado de anarquía. Los constantes enfrentamientos entre el Presidente, que es cabeza de Fatah, y el Primer Ministro, que pertenece a Hamas, han provocado un estado de parálisis precisamente cuando el pueblo palestino necesita estar unido para hacer frente a los desafíos que a amenazan su existencia.

Fatah ha dominado el movimiento palestino moderno desde su fundación por Yasser Arafat hace casi 50 años. No está resignada a la derrota. Sin embargo, un pueblo en lucha por su propia existencia no puede permitir que sus dos facciones principales luchen entre sí en lugar de colaborar en el combate por la liberación nacional.

A esto hay que añadir el bloqueo que Europa y USA han impuesto sobre la Autoridad Nacional Palestina por orden del presidente Bush. Se trata de un caso sin precedentes de utilización de la hambruna como arma para obligar a todo un pueblo a eliminar a su Gobierno democráticamente elegido

El Gobierno Palestino de Unidad Nacional tiene el objetivo de restaurar el orden público y poner fin al bloqueo internacional. Para que eso suceda, el Gobierno Palestino debe sortear varios obstáculos. Por razones de índole religiosa es difícil para Hamas reconocer oficialmente a Israel. Esto no tiene nada que ver con el antisemitismo, como se dice, sino con el hecho de que, de acuerdo con el Islam, Palestina es un “Waqf” (legado religioso) propiedad de Alá (similar a la creencia de los fundamentalistas judíos de que Dios ha prometido esta tierra a los judíos, por lo que entregar cualquier parte de ella es pecado). Pero en este punto la religión musulmana dispone de una puerta trasera que abre la posibilidad de declarar una “hudnah” (tregua) prolongada que puede durar décadas o incluso siglos.
La forma de resolver este problema es conseguir que el Gobierno Palestino de Unidad Nacional, encabezado por Hamas, manifieste su voluntad de respetar el “Documento de los Presos”, las resoluciones de la ONU, los acuerdos firmados entre Israel y la OLP y el Plan Árabe de Paz, todos los cuales se basan en el reconocimiento de Israel. Eso debería bastar para cualquiera que realmente desee promover la paz entre Israel y Palestina.

Por lo que respecta a nuestro Gobierno, ahí reside precisamente el problema.

* * *
El segundo brazo de la ofensiva de la paz es la revitalización del Plan Árabe de Paz. Este Plan fue concebido originalmente por Abdallah, a la sazón príncipe y hoy rey de Arabia Saudí. Fue aprobado por la cumbre de jefes de Estado árabes celebrada en Beirut en el 2002.

Básicamente el Plan establece lo siguiente: el mundo árabe al completo reconocerá a Israel y hará la paz con él si se retira a las fronteras de 1967 y permite el establecimiento del Estado de Palestina, con Jerusalén Este como su capital.

El Gobierno de Israel ha rechazado la iniciativa, como dice la expresión hebrea, “en el umbral” (todas las iniciativas de paz las rechaza “en el umbral”, no sea, ¡Dios no lo quiera!, que consigan poner un pie en la puerta). El Plan fue arrumbado en un casillero, donde ha estado criando polvo desde entonces. Ahora los pérfidos árabes han decidido sacudirle el polvo y ponerlo de nuevo sobre la mesa.

* * *
Para conjurar este peligro de los pacifistas árabes, el Gobierno de Olmert está reuniendo a todas sus fuerzas. El hecho de que en estos momentos toda la dirigencia política y militar israelí se encuentre ocupadísima luchando por su propia supervivencia tras el fiasco del Líbano no es obstáculo para que todos se estén uniendo para hacer frente a esta estremecedora amenaza.

A Tzipi Livni [Ministra de Asuntos Exteriores israelí] la despacharon a toda velocidad a USA para que conjurara el peligro. Allá se plantó para convencer al presidente Bush (que casualmente “pasaba” por la habitación cuando Livni estaba conversando con Condoleeza Rice, y que la llama “Tsiffi”) de que use el letal veto usamericano contra cualquier resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que pueda contribuir a la paz. Livni tiene programado reunirse con cerca de 20 jefes de gobierno y ministros de asuntos exteriores para reclutar su apoyo en contra de tamaña amenaza.

Para ello, se bajó del ático del Ministerio de Asuntos Exteriores un harapo diplomático denominado “Hoja de Ruta”. Jamás ha estado en la mente del Gobierno israelí la idea de cumplir ese acuerdo, cuya única función fue, desde el principio, crear la impresión de que el presidente Bush ha conseguido algo en Oriente Medio. Desde su concepción, todas las partes sabían que era un documento que no podía ser implementado.

Así pues, Israel y USA declararán que el Plan Árabe de Paz es perjudicial para la paz ya que contradice la Hoja de Ruta. El gobierno palestino de unidad nacional, cuando se constituya, deberá ser boicoteado por no declarar explícitamente que todos sus miembros reconocen al Estado de Israel (como si todos los miembros del Gobierno israelí estuvieran dispuestos a reconocer al Estado palestino y a su Gobierno, no digamos renunciar al uso de la violencia y aceptar el cumplimiento de todos los acuerdos existentes). Por consiguiente, el bloqueo de la población palestina debe continuar hasta conseguir que se ponga de rodillas.

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¿Por qué la ofensiva de paz le produce pánico al Gobierno israelí?
Si el 4 de junio de 1967 alguien se hubiera presentado ante nosotros [los israelíes] para decirnos que todo el mundo árabe estaba dispuesto a hacer las paces con nosotros respetando las fronteras existentes ese día, y que también los líderes palestinos estaban dispuestos a declarar el fin del conflicto histórico, habríamos pensado que asistíamos a la llegada del Mesías.

Sin embargo, el 5 de junio de 1967 iniciamos una guerra que lo cambió todo. Pronto nos encontramos dueños y señores de toda la superficie de Palestina y de enormes extensiones de otros territorios. Declaramos que los retendríamos provisionalmente para utilizarlos como fichas para la negociación, pero, como es bien sabido, el apetito se despierta comiendo. Empezamos a anexionarnos territorios (Jerusalén Este y sus alrededores y los Altos del Golán) y a cubrir Cisjordania de asentamientos.

A los ojos del liderazgo israelí, la iniciativa de paz —cualquier iniciativa de paz— no es más que una malvada conspiración de los pacifistas para robarnos esos territorios. Nos obligaría a poner fin al proceso de expansión de asentamientos —que no se ha detenido un instante desde 1968 y que se encuentra hoy en pleno apogeo—, y a desmantelar las colonias actualmente existentes.

El movimiento de pinza de los pacifistas podría cobrar ímpetu y generar una presión internacional difícil de resistir. Ésa es la razón del pánico que reina en Jerusalén.

* * *
La iniciativa árabe de paz podría alcanzar éxito si pusiera frente al público israelí una disyuntiva clara e inequívoca: paz sin los territorios ocupados, o territorios ocupados sin paz.

Tras haber librado seis grandes guerras y varias otras menores podríamos sentirnos inclinados a sospechar que el precio en sangre y dinero es demasiado elevado y —lo que es más importante aún— que por esa vía no obtendremos la victoria pero sí multiplicaremos el peso de la carga que deberá soportar la sociedad israelí.

Durante los seis años de locura entre las guerras de 1967 y de 1973, Moshe Dayan acuñó la siguiente frase: “¡Mejor Sharm al-Sheik (en el extremo sur de la península del Sinaí) sin paz, que paz sin Sharm al-Sheik!” Consignas como ésa costaron la vida a 2.700 soldados israelíes (y quién sabe a cuántos egipcios y sirios) en la guerra de Yom Kippur. Más tarde, devolvimos Sharm al-Sheik y todo el Sinai y firmamos la paz con Egipto. El propio Dayan jugó un papel en las negociaciones de paz.

¿Cuántos soldados y civiles, israelíes y árabes, deben morir antes de que comprendamos por fin que la paz con el pueblo palestino y con todo el mundo árabe es inconmensurablemente más importante para Israel que tratar de aferrarse a los territorios ocupados y a los asentamientos?

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